CARTA ABIERTA A GREGORIO ALLEGRI

«Lo que estaba destinado a ser olvidado e irremisiblemente confinado entre esos vaticanos muros acabó saliendo de su pictórico cofre y convirtiéndose en un mito»

Jerusaln Rey David con arpa
El ‘Miserere‘ (también llamado ‘Miserere mei, Deus’) es una composición creada por Gregorio Allegri en el siglo XVII. Se trata de la musicalización del Salmo 51, llamado ‘Miserere’, también conocido como el ‘Salmo de David’ en el Antiguo Testamento. | Imagen de Martin Völcker en Pixabay

A la atención del maestro Gregorio Allegri:

Estimado señor Allegri: me encanta su Miserere. Hoy en día es su obra más conocida, y mucha gente se emociona al escucharla. Aún recuerdo la conmoción que me causó siendo yo adolescente y empezando a amar el canto coral. Me impactó su serenidad, su refinado dolor y su exuberante ornamentación. Y ese Do sobreagudo que escribió usted para la soprano es sencillamente sobrecogedor. Dicen que su Miserere solo podía escucharse en la Capilla Sixtina, donde usted lo compuso allá por 1638. Era algo tan exclusivo que, de hecho, la primera fuente disponible de su obra se encontró nueve años después de morir usted. Pero lo que estaba destinado a ser olvidado e irremisiblemente confinado entre esos vaticanos muros acabó saliendo de su pictórico cofre y convirtiéndose en un mito. Su obra siguió interpretándose y cuenta la leyenda que un joven compositor muy famoso, Mozart, lo copió ilegalmente y de memoria tras escucharlo una sola vez y que quizá por ello acabó siendo editado e impreso en Londres en 1771. Dijeron entonces que el coro de la Capilla Sixtina lo interpretaba de manera absolutamente singular, embelleciéndolo con toda suerte de ornamentaciones; por lo visto, esa manera de cantarlo era el elemento clave en la belleza de su obra, amén de los maravillosos frescos de Miguel Ángel, que constituían el escenario único para su audición. Entonces algo pasó: un musicólogo, William Rockstro, realizó una edición en la que quiso presentar la obra tal y como se interpretaba, incluyendo esas maravillosas decoraciones que el coro realizaba. Tomó diversas fuentes de la obra, ornamentadas y sin ornamentar, que llevaban años circulando. Tomó una ornamentación presentada por otro editor años atrás, Pietro Alfieri, y la pegó sobre una sección de la edición original (a esto lo llamamos hoy «corta y pega», señor Allegri); en otra parte de la obra incluyó una trascripción de otro gran compositor, Felix Mendelssohn, que escuchó la obra en 1831. El bueno de Felix copió un fragmento de lo que escuchó, pero el bueno de Rockstro no detectó qué parte de la obra trascribió Mendelssohn. Además, se sabe que el coro de la Capilla Sixtina cantaba con un diapasón una tercera más aguda de lo normal, con lo que el fragmento de Mendelssohn estaba transcrito más alto; de hecho, una cuarta más alto. Rockstro, sin reparar en estas inconsistencias, pegó el fragmento más alto en el lugar inadecuado. Y surgió el milagro: lo que tenía que ser un sol para la soprano se convirtió en ese Do sobreagudo que tanto nos fascina hoy en día. 

«No sé cómo decirlo suavemente, señor Allegri: nos encanta una obra que usted jamás escribió […]. Usted no escribió la obra por la que mucha gente alaba su talento, quizá ni tan siquiera aspiró a escribirla. Su obra es un maravilloso fraude, un estremecedor malentendido»

No sé cómo decirlo suavemente, señor Allegri: nos encanta una obra que usted jamás escribió. Como modestísimo compositor que soy, muchas veces tengo la sensación de no poder expresar lo que quiero, de no conseguir dar forma a mis emociones o pensamientos. Eso no impide que a veces reciba parabienes por mis creaciones, cosa que me deja siempre la misma pregunta: ¿cómo ser tomado por algo que es esencialmente fallido? ¿Cómo puede construirse una identidad desde un error? ¿Soy un fallo? Usted no escribió la obra por la que mucha gente alaba su talento, quizá ni tan siquiera aspiró a escribirla. Su obra es un maravilloso fraude, un estremecedor malentendido. Mozart, ese adolescente que dicen que copió su obra de memoria, es muy conocido por una obra que no escribió en gran medida, un Requiem, y algunas de las obras de Felix Mendelssohn probablemente las escribió su hermana Fanny. ¿Es de Rockstro su obra, señor Allegri? Su obra es un Frankenstein, si me permite la expresión; no hay voluntad en ella, no es producto de su deseo. Hay más voluntad en Rockstro que en usted, porque usted nunca quiso escribir la obra tal y como la conocemos: ¿lo convierte a él en autor? ¿Puede el autor hacerse cargo de su obra cuando no le sale como quiere? Iré más allá: quizá Rockstro no fue un torpe musicólogo que tomó un par de malas decisiones. Quizá se dio cuenta de que podría mejorar su obra, señor Allegri: me lo imagino sudoroso, excitado sobre la mesa, con mirada febril recorriendo la partitura, anticipando esa conmoción venidera, manipulando unos niveles de belleza que no hubiera podido soñar en su vida. El modesto Rockstro, un tipo normal y corriente, halla la ambición dentro de sí al imaginarse cocreador de una obra reverenciada a lo largo de siglos; corta, pega y surge una versión mejorada, suntuosa y coherente, de una obra no tan buena. Podría crear algo que pasase a la historia, tan solo con ocultar su nombre y dejar su reverenciada firma, señor Allegri, en la portada.

Bveda de la Capilla Sixtina
El coro de la Capilla Sixtina interpretaba el ‘Miserere’ de Allegri de manera absolutamente singular, embelleciéndolo con toda suerte de ornamentaciones. | Imagen de 149342 en Pixabay

«Mozart es muy conocido por una obra que no escribió en gran medida, un Requiem, y algunas de las obras de Felix Mendelssohn probablemente las escribió su hermana Fanny»

O quizá, señor Allegri, su obra no es más que un eccehomo como el de Borja, un fracaso descomunal de la voluntad donde el milagro del azar nos regala un resultado maravilloso; serendipia lo llamamos hoy. Lo que está claro es que lo que escribió usted, señor Allegri, es una insípida versión del Miserere de Allegri. 

Con el debido respeto, no sé quién es usted.
Atentamente, Rodrigo Guerrero. 


MUNDO CORAL Nº III